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Le he dado forma a la Muerte y a la Vida. He creado mundos de complejidades abrumadoras que a pesar de su profundidad, bailan en un sentido equilibrio. Le he brindado a la Parca el conocer del amor y he torturado al Caos con el conocimiento de que lo más bello de su hermana Vida, aunque le mojó sus labios con su dulce néctar, jamás podrá ser enteramente suyo. He moldeado a las Sombras más tenebrosas de la noche, he dado rostro al hombre del saco y a los monstruos dentro del armario y he logrado que ese rostro brille con la pureza de la bondad, aunque su misma forma conjure el mal en cualquier mente racional. He creado cuatro puntos cardinales sobre los que se sustenta el mundo y a partir de ellos he abierto ríos de fuerza y poder para crear más dioses, para crear más razas, para crear más historias que perdurarán en el tiempo. Yo, dios supremo, señor por antonomasia del Todo y la Nada, yo, el Universo en sí mismo, la pura forma sin forma, la lógica sin lógica, el completo vacío; yo, progenitor de todo cuanto conocéis y al que ninguna forma de vida parece reparar. Yo, Cosmos en sí mismo quiero hacer una única declaración a todas las formas y las vidas y las esencias que pueblan la totalidad del conocimiento: yo soy vosotros y sin mí no hubierais existido nunca.  

No comprendí lo que era amar algo hasta que te conocí. Me refiero a amar algo de verdad, a esa necesidad casi palpable del objeto amado para poder subsistir. Ese tipo de amor que va más allá del mero romanticismo o del afecto. Hablo del amor enfermizo, de la obsesión, del tipo de amor que es como una droga. Así es, me has convertido en un adicto de tu voz y tu presencia, me has hecho prisionero de tu sonrisa y tu mirada. Conocerte me ha hecho comprender esa frase de “no sabré vivir sin ti” y desearía poder odiarte por ello. ¿Sabes lo que es necesitar a alguien hasta ese punto? ¿Lo sabes? Calla, da igual, no es necesario que respondas porque sé perfectamente la respuesta. Y eso lo hace todo aún peor. Eres el dragón que estaba destinad a matar pero del que me acabé enamorando. ¿No es absurdo? ¿Tú, que eres con el amor como esas flores que duran una única estación? Efímera, breve y dolorosa como un veneno que absorbes con rapidez pero que tarda siglos en desaparecer del cuerpo. Irónico, ¿no? Que tú, de entre todas las flores del mundo, haya sido la que me ha enseñado qué es el amor de verdad, qué es el sufrimiento que viene con el sentir más puro, sin barreras ni desconfianzas. Eres el sol de un único día y aunque yo lo sabía, caí en tus redes con la esperanza de que, quizás, mañana volvieras a alzarte por el horizonte. Pero no hay esperanzas para los ilusos como yo, que lo dan todo y no reciben nada. Así que sí, me has enseñado lo que es el amor de verdad, tú, que eres flor y eres dragón y veneno por igual, pero el hecho de que te quiera con todo lo que tengo y todo lo que me gustaría tener para ti, no pienso renunciarme a mí mismo por un sueño que es humo. Porque, ¿sabes qué, mi rosa de verano? Te adoro como los girasoles adoran al sol, pero el amor que siento por mí supera con creces el que te corresponde a ti. 

El amor, dicen; el amor, ese grato compañero de viaje, ese viaje en sí mismo, ese destino que todos esperamos pero que muy pocos logran conseguir. El amor. Diablos, ¿qué es el amor? Algunos lo describen como una llama de vida, como vida sobre la vida misma, como una extensión del universo, como el verdadero poder del alma. El amor. Tan inmenso como corto en sus formas, tan profundo como aterrador en su significado. Amor, siempre amor, siempre hacia un lado o hacia el otro. El amor, que mueve el mundo; el amor, que mueve el espíritu; el amor, que construye cimientos y estructura individuos y formas de ser. El amor, padre del odio y de la pena y del dolor; amor como la representación misma del Todo. Y no únicamente del todo bueno o del todo malo; simplemente el Todo. El amor, que es la luz de las estrellas en una devastadora noche de invierno; el amor, que es la ansía de un hombre diminuto de resarcir al mundo por sus propias injusticias y que es capaz de condenar a decenas, cientos, ¡miles de almas! por su amor devastado. Amor. Amor, amor, amor. Como un mantra que no se acaba ni se borra en la repetición, pero que es capaz de destrozar la existencia de un espíritu con la misma facilidad que tiene un elefante de romper una débil rama caída. Amor, ese sentimiento que llena nuestros días, que se funde en las esquinas y en los bordes y en las sombras que no vemos; el amor de algunos por la vida, el amor de otros hacia sí mismos. El amor de un padre y el amor de un hermano. Pero al final del día, cuando el amor se baña en nuestra piel, cuando el amor nos rodea como una manta protectora que hemos dejado de ver por la costumbre, nos acurrucamos en la cama y soñamos con un poco más de amor. Un amor más profundo, un amor que salve vidas, un amor que haga sangrar al alma y le cree una cicatriz que ni siquiera el tiempo ni el espacio ni la muerte pueda borrar jamás. Cogemos el corazón, tan palpitante por el amor que sale como el que entra, y le obligamos a taparse los ojos dejando una diminuta ranura por la que buscamos a ese amor que salve y que condene, ese amor que eleva el alma y la lanza de cabeza al infierno en el mismo instante. Encerramos nuestro amor y nuestro corazón en una caja de oro sin luz y luego lloramos por no tener amor. Amor, amor, amor. Ni de dentro ni de fuera, ni de los lados ni de arriba ni de abajo. Creamos una jaula a nuestro propio corazón, pero aquí nadie parece comprender que no es amor aquello que uno busca para calmar la soledad de ese corazón encerrado en las tinieblas de nuestros propios dedos, sino aquello que ya está dentro y que, pase lo que pase, por muy negras que sean las noches o terrible la situación, sigue palpitando por ese amor, amor, amor que ya tiene.  

         Hubo una vez, hace muchísimo tiempo, cuando el mundo todavía no era mundo y la humanidad era una mera idea del universo, nacieron los dioses. Eran seres de inmenso poder, de fuerza infinita y de capacidades más allá de cualquier forma de comprensión pero, por encima de todo, eran magníficos en su esencia. Tan inmensos como el mismo cosmos y complejos como éste mismo, surgieron de la luz de las estrellas y rodearon cada galaxia y cada nube que se formaba a medida que el universo se iba expandiendo. Crecieron con él hasta que el Universo comenzó a menguar su avance. Solo entonces los dioses, que vivían del movimiento del cosmos, comenzaron a centrar sus energías en los inmensos parajes que se abrían ante ellos. Escogieron cientos de planetas y mil líneas temporales y en cada uno de ellos crearon vida.
          La vida, dada por la divinidad, fue bella y suave como el infante que era y se desarrolló con tanta magia que los dioses, abrumados por sus propias creaciones, sucumbieron a ella. Se deshicieron de sus inmensas formas, que eran la mezcla del todo y la nada, y adoptaron las formas que sus propios deseos habían acabado construyendo. Se hicieron animales, plantas y finalmente humanos, aunque jamás renunciaron a su inmortalidad ni tampoco a una larga extensión de sus poderes.
          Ese fue su error, porque aunque el poder del universo es infinito, la fuerza de la vida es corta y vacua, un trozo de suspiro en la larga existencia del Tiempo. Renunciando a su estatus de omnipresencia y de extensión, los dioses condenaron a sus creaciones y a sí mismos, junto al Universo, al inevitable camino de la Muerte, consecuencia de las acciones de seres embaucados por su propio poder.  
Soy un recuerdo olvidado en una memoria senil, un breve vistazo en la esquina del ojo que pasa desapercibido al cerebro. Un sueño inalcanzable que nunca aspiró a ser más que simple vaho en la mente. Soy maga y reina de mundos vacíos e inocuos, una estrella en un universo que ha dejado de prestarle atención a la luz. A ratos muy cortos muero explosionando en mí misma y me convierto en una supernova, pero otras veces simplemente me consumo como un cigarro demasiado ansiado por unos labios cortados y hartos. Soy humo que se desvanece con la fuerza del viento, un suspiro que ansia tener alas pero que se marchita envidiando a los pájaros. El alma de una guerrera encerrada en el tibio cuerpo de una cobarde. Una idiota que juega al quiero y no puedo, al necesito pero temo, al sé que puedo conseguirlo pero tal vez no merezca tenerlo. Soy un mar que se ha quedado sin luna y que comienza a desvanecerse en la sombra de su ancla perdida. Una absurda contradicción que a veces parece lógica, pero a la que la lógica jamás le ha parecido relevante. Soy más de lo que se ve a simple vista, pero menos de lo que parezco. A ratos negra y a ratos blanca, juego con la oscuridad de mi alma para hacerle colores a mi propia luz. Porque ni soy buena ni soy mala, porque soy retorcidamente mala y absurdamente buena.

 La gente tiene una cierta predilección por odiar a los que ríen. Las sonrisas las toleran más, pero no tanto como deberían. El mundo en general ve las sonrisas y las risas y las carcajadas que dejan sin aire en los pulmones como una amenaza a la integridad, a la necesidad de contener emociones, de salvaguardar una absurda elegancia. Como si reírse fuera malo para la salud, como si sonreír disparara un veneno a los que están a tu alrededor. A la gente no le gusta ver sonreír a alguien por la calle cuando van solos, ensimismados en sus mundos; les aterra. Les insufla un tipo de miedo incoherente que les hace acabar relacionando a esas personas con locos, porque solo los locos pueden reírse así, porque sí. Las sonrisas las envía el diablo porque, ¿qué tipo de mente insana osaría disfrutar de la vida, de las absurdas contiendas del día a día? ¿Quién en su sano juicio se atrevería a lanzar una carcajada en medio del peor momento de su vida? Nadie, porque la gente cuerda, la gente en sus cabales cuadriculados no puede hacer tal cosa, no entra en sus retículas siempre perfectas de cómo debe actuar uno en cada instante de su vida.
El problema está en que la vida no sigue reglas, ni directrices, ni ninguna norma más allá de las suyas propias. La vida, que es lista como un zorro, espera hasta el momento en que estás más seguro en tu cómoda rutina sin incidentes y te lanza de cabeza a un vacío al que solo puedes enfrentarte con risas, o sonrisas, o una leve expresión de desahogo en los ojos. La vida, a pesar de lo que creen los ingenuos, no está hecha para el control ni la omnipresencia porque ningún ser humano tiene la capacidad de abarcar tales cualidades. La vida, que es sabia y perra a partes iguales, que es madre e hija del mundo, tiene el supremo conocimiento de que la felicidad, a pesar de la creencia popular, no se consigue actuando dentro de un marco. La felicidad, tan conectada a esa diosa madre que nos hace respirar, viene dada por el cambio, por las sorpresas, por la variación, aunque nimia, de nuestro día a día.
Aunque ese mínimo cambio sea, simplemente, una carcajada lanzada al aire así, porque sí.